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De gran aldea a capital cultural

Un siglo atrás, pocos años antes de que Eduardo Schiaffino inauguró el Museo Nacional de Bellas Artes, Alejandro Scott Hume organizó en su casa de Alvear y Rodríguez Peña una Exposición artística de caridad, que fue la primera muestra en la ciudad que vivía días de expansión. Ingeniero graduado en Glasgow, Hume participó en el tendido de 15.000 kilómetros de vías férreas y en la construcción de las estaciones Retiro y Constitución considerados ejemplos únicos de la arquitectura de cuño británico. El inglés tenía espíritu de pionero, pero en los ratos libres le gustaba compartir con sus amigos el amor por el arte y el scotch on the rocks.
En 1983, exactamente cien años después de la muestra del Palacio Hume, en otro palacio asumió como directora de Artes Visuales la bisnieta del ingeniero inglés, Teresa Anchorena, Hume por su madre. Durante su gestión, el Palais de Glace renovó su estructura gracias al aporte de empresas privadas.

Comenzaba a gestarse entonces un nuevo modelo de acción mixto, público y privado, que significó un impulso inédito para el arte, pero también el riesgo de cruzar la delgada línea roja que separa la función esencial de un museo del mero negocio o estrategia marketinera, según lo denunció claramente en estas columnas Roberta Smith, columnista de The New York Times.


Museo Fundación Fortabat


El modelo norteamericano de participación privada en los museos públicos prendió rápidamente en nuestro país, pero, lamentablemente, la mayoría de las veces estuvo sujeto a la habilidad de los funcionarios de turno para lograr alianzas productivas y no a una estrategia orquestada por las autoridades culturales. Porque no se trata de conseguir más metros cuadrados de exhibición, ni de habilitar nuevos centros culturales; lo importantes es saber qué se quiere exhibir y por qué, y de qué manera lo nuevo se articulará con lo existente para crear una trama de significados.

Los franceses, que algo conocen de este tema, no sólo respetan la continuidad de los programas más allá de las personas, sino que tienen una institución, la Reunión de Museos Nacionales, que permite coordinar las actividades y el calendario de todas las salas del país. El sistema facilita el desplazamiento de muestras itinerantes, el préstamo de obras, el despliegue de una oferta coherente y la racionalización del presupuesto.

Todo lo dicho suena remoto en una ciudad cuya administración busca alianzas neoyorquinas para crear nuevos espacios museísticos, proyecta centros de diseño a partir de fondos obtenidos por una excepción al código, y, al mismo tiempo, demora la puesta en marcha del proyecto de ampliación del Museo de Arte Moderno (Mamba), que es el eslabón necesario para cerrar el milenio sin perder la memoria de lo producido en la segunda mitad del siglo XX.

La falta de políticas culturales que privilegien un programa y un ojetivo por encima del funcioanrio de turno explica por qué la Argentina perdió hace años su pabellón de exposiciones en Venecia y por qué cerrará el año 2000 sin que el proyecto de ley de mecenazgo haya avanzado en la arena legislativa.

Otra vez el poderoso señor dinero ha vuelto a meter la cola. Antes de que el proyecto tomara forma de ley, el Fondo Nacional de las Artes se ha convertido en el foco de atención de algunos politicos y operadores que pelean por un sillón en el directorio del organismo creado el 3 de febrero de 1958 durante la presidencia de Pedro Eugenio Aramburu, cuya existencia hasta hace muy poco ignoraban.

Sucede que será el Fondo el que manejaría los fondos si se cumple el articulado del proyecto de ley de mecenazgo impulsado por el diputado Luis Brandoni.


Dos colecciones privadas argentinas tendrán forma de museo en el año que está a punto de comenzar. Esta iniciativa, que convertirá a Buenos Aires en la ciudad de esta parte del mundo con mayor oferta cultural, exige una mirada integradora que articule las nuevas escalas con el circuito existente.

La rebelión de algunos vecinos no ha frenado el proyecto del Museo de Arte Latinoamericano (Malba), que tiene el visto bueno legislativo. Ubicado en Figuera Alcorta y San Martín de Tours, abrirá sus puertas en mayo próximo con la muestra de la colección permanente que tiene piezas fundamentales del arte latinoamericano, como Abaporu, de Tarsila do Amaral, y Manifestación, de Antonio Berni.

En un modelo más intimista, Amalia Lacroze de Fortabat, empresaria y presidenta del Fondo Nacional de las Artes, ha preferido llamar al museo que se levanta en Puerto Madero, Colección Fortabat. En el edificio diseñado por Rafael Viñoly estarán muchos de los cuadros que en los últimos años fueron noticia, como el estupendo Fader, Entre los duraznos floridos, que ilustra este comentario.


Por Alicia de Arteaga
De la Redacción de La Nación

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